El poder de la sonrisa

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Cristina Poole. Experta en Comunicación y Relaciones Institucionales

Al comprometerte a escribir el primer post del año, no fui consciente de que estaría “en transición entre un proyecto y otro”, o lo que otros llaman en “búsqueda activa” y los más pesimistas, “en paro”. Hace un par de meses finalicé mi último proyecto y ahora estoy valorando nuevas oportunidades, por cierto, apasionantes.

¿Sería capaz de explicar el “éxito profesional” desde esta posición? Pues tras mis 20 últimos años de experiencia en direcciones de comunicación y de una fundación, y después de una buena reflexión, acabé riéndome al imaginarme a mí misma encima de un gran edificio con un cartel de “directora”, leído por una voz cavernosa.

Volví a reflexionar sobre el objetivo del post: “¿qué te ha ayudado a avanzar en tu carrera profesional que pueda servir de inspiración?”. Y qué mejor situación que esta para explicar lo apasionante y enriquecedor que puede ser hacer un alto (o varios) en el camino, cómo vivirlo como una oportunidad y cómo esos, varios cambios, que me ha tocado vivir, me han ayudado a tener una carrera profesional rica, variada, apasionante y sobre todo, feliz.

Cuando después de tres años en mi primer trabajo, en marketing de Bankinter, decidí irme a París a buscar algún trabajo, mis padres pusieron el grito en el cielo. Allí confirmé mi pasión por la Comunicación y de esta primera etapa, me quedo con dos cosas importantes: Si no tienes una vocación clara, tranquilo, la vida te ayudará a elegir, y que es fundamental salir de tu zona de confort, y aprovechar cualquier oportunidad para hacer cosas diferentes, pues eso te abre puertas increíbles.

Paris me abrió la puerta de un proyecto en la UNESCO y se me abrieron las puertas del mundo, de lo global. Dirigí un programa internacional de investigación sobre el entonces “recién descubierto” cambio climático, viajé, desde Barcelona, reuniendo científicos, publicando resultados y buscando fondos de gobiernos y fundaciones internacionales. Viví deprisa y tuve que superar grandes retos. Aprendí que cualquier reto profesional está a nuestro alcance y lo importante que es afrontarlos bien acompañado, con un buen equipo: familia, amigos y compañeros.

Pero la vida me abrió otro camino y en un vuelo a México, mi compañero de asiento acabó proponiéndome el diseño de la estrategia ambiental de Abengoa en Sevilla, esa ciudad, en la que hasta la luz tiene vida, sobre todo al atardecer. No perdí mi vocación por la Comunicación, y pude crear y dirigir los primeros departamentos de comunicación de Abengoa, primero el de la tecnológica Telvent, que sacamos a cotizar al Nasdaq en Nueva York -¡…qué emoción ver las imágenes que había preparado en Times Square!-, y más tarde el grupo Abengoa a nivel global.

Aquí tuve que aprender, aunque no quería, que hay decisiones empresariales que pueden afectarte y nada tienen que ver con tu desempeño y compromiso. Así, el Presidente decidió eliminar mi puesto de Dircom, para bajar el perfil público de la compañía y esto me llevó a un cambio de empresa y sector. Después de colaborar en la redacción de un informe sobre la Educación en España, surgió mi último proyecto en el grupo Educativo SEK. Allí diseñé y puse en marcha la Fundación y el departamento de comunicación desde el que organicé cientos de eventos, tal vez el más espectacular fue el honoris causa con los presidentes Rajoy y Santos. Intensa y apasionante etapa.

No todo han sido excelentes oportunidades, retos, viajes, o grandes eventos, también he sufrido tropiezos y decepciones, situaciones absurdas, mentiras pequeñas y otras más grandes. En esas ocasiones siempre me he acordado de una expresión catalana perfecta: “¡gent petiteta!”, “¡gente pequeña!”. Me he apoyado en “mi equipo” y en mi religión, porque tengo la enorme fortuna de ser creyente, y me aprovecho de ello.

Y ahora, sin parar, viendo personas, con nuevos proyectos, empresas, entrevistas y procesos de selección, algo intenso y dinámico. Lo importante es fijarse un objetivo y caminar, sorteando sorpresas, pero caminar y, sobre todo, disfrutar el camino con alegría.

Y es que desde muy pequeña, he creído en la alegría y la sonrisa como una poderosa herramienta. ¿Quién se iba a fijar si no en mí, siendo la cuarta hija de seis?. Creo que hay que sonreír a todo y a todos, en todo el mundo. Es un lenguaje universal.

Sonreí y disfruté en esa primera entrevista en Bankinter, en los actos de la UNESCO en los que me enganche al cambio climático, en aquel avión a México, en todos y cada uno de los eventos que he preparado por complicados que fueran, e incluso, he sonreído y sonrío a aquella “gente pequeña” que se ha cruzado en mi camino. Y ahora, cada vez que detecto una nueva oportunidad, la recibo con una sonrisa, porque puede formar parte de mi vida y merece la pena recibirla bien.

Por todo esto, a la persona más importante para mí, mi hija Isabel, le digo cada día, desde que nació: “buenos días Isa, ha salido el sol para saludarte, sonríe al día y el día te sonreirá a ti”. Ella tiene una amplia y preciosa sonrisa.

Cristina

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